Carmina observó a su sobrina salir de su despacho y cuando estuvo completamente sola sus labios se alzaron en una retorcida sonrisa. Ese maldito juego era mucho más divertido de lo que se le pudo haber ocurrido, ¿quién lo hubiera dicho? De saber que disfrutaría tanto el meterse en la mente de Daliah para usarla cómo un títere, lo habría hecho desde mucho antes.
Tomó asiento nuevamente detrás de su escritorio. La puerta se volvió a abrir, pero esta vez era Otto el que ingresó.
―Déjenla ir, pero