Ese incesante golpeteo estaba a nada de volverla loca y por un momento pensó en quitarle el arma y dispararle sólo para que se detuviera de una vez. No tenían ni tres horas desde que llegaron y él ya la había hecho perder la paciencia en tiempo récord.
Le dio un fuerte golpe a la mesa, causando que él parara y los otros cuatro hombres en la habitación se fijaran en ella.
―¡Por amor al cielo! ¡¿Puedes dejar de golpear la mesa?! ¡Estás a nada de desquiciarme por completo si continuas con ese rui