La mansión de Daliah era una hermosa estructura y bastante enorme. Los terrenos estaban cercados por una pared alta y era custodiada las veinticuatro horas del día por el equipo de seguridad que la princesa Seniah contrató.
Ahora mismo los dos hermanos se encontraban en la sala de reuniones que tenía la casa en una videollamada con su tía.
—¿Estás segura? —preguntó Soren.
—Bastante. Nadie ha visto u oído algo fuera de lo común en el palacio y ya saben cómo son ellos, ante la mínima acción ano