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—Mírate cómo estás, mi señor —susurré, luchando por limpiar de abrojos la panza del lobo en la luz de la lámpara que teníamos al borde de la piscina—. ¿Acaso fuiste a cazar con los príncipes?

Ladeó la gran cabeza hacia mis rodillas y le rasqué el cuello sonriendo.

—No me harás olvidar que tu lomo está reluciente —advertí—. Eso significa que te has hecho bañar por otra y me dejaste lo peor a mí.

Se volteó de inmediato para olerme la cara con las orejas gachas, mirándome

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