Mundo de ficçãoIniciar sessãoAl salir del bosque al prado que rodeaba el castillo, detuve a la yegua. De pronto sentía un vago temor por la posible reacción de la princesa y el lobo.
No creía ni por un momento que fueran tan comprensivos y complacientes como Aine, que por una cuestión de edad aún no había tenido tiempo de adquirir tanto desdén por los humanos.
Podía imaginar perfectamente a la princesa llamándome ingrata y presumida. Y al lobo recordándome las dos únicas cosas que lo enfadarían: que inten







