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Las tres mujeres se inclinaron ante Ronda con las cabezas gachas. Yo la miraba sin salir de mi asombro, confundida al ver a la sanadora jovial y comprensiva a la que estaba habituada mostrarse tan severa y hasta atemorizante. Especialmente por defenderme a mí.

Brenan ladró desde el borde de la piscina que Cala ya había terminado de limpiar. Ronda meneó levemente la cabeza y se volvió hacia mí con su sonrisa de siempre.

—Ve a atender a ese muchacho o pasaremos el resto del día

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