El auto avanzaba por la carretera secundaria, alejándose del asilo y del cuerpo del perito que yacía bajo una sábana blanca. El cielo seguía gris, amenazante, como si la tormenta que se cernía sobre ellos estuviera esperando el momento exacto para descargar toda su furia.
Dominik conducía en silencio, sus manos firmes sobre el volante. No había mostrado emoción cuando vieron a los paramédicos llevarse el cuerpo de Mikhail Sorokin. Solo una calma que resultaba inquietante.
Leonid, sentado en el