Narrado por Alissa
La marea del placer bajó con la misma violencia con la que nos había arrastrado, dejándome varada en la playa de una realidad fría y aplastante. El silencio que se instaló en la habitación ya no era el de una complicidad oculta, sino el de una tregua rota. Miré el gran reloj digital de la mesa de noche de Kyler. Los números rojos parpadearon con crueldad: las nueve y cuarto de la mañana.
Martes. Era martes.
La noción del tiempo me golpeó en el pecho como un balde de agua hela