Dos semanas habían pasado desde que Luna regresó al Refugio.
La vida parecía haber retomado un ritmo, aunque nada era igual. Mateo vivía en la cabaña número 7, al final del camino. Valeria dormía sola en la habitación principal. Se cruzaban todos los días, se hablaban con respeto, pero la distancia entre ellos era palpable.
Luna se había convertido en el pegamento que mantenía unida a la familia. Pasaba las mañanas trabajando en el centro de educación ambiental y las tardes ayudando a su madre