Annie fue rápidamente a la cocina, preparó un té caliente con miel para suavizarle la garganta irritada por el inhalador, y regresó a la sala con una manta suave que sacó de un armario.
Le dejó la taza humeante en la mesa de centro y desdobló la manta, cubriéndolo con un cuidado casi reverencial. Ian ni siquiera se movió; el agotamiento lo había vencido en cuestión de minutos, arrastrándolo a un sueño profundo, pero esta vez, pacífico.
Annie se sentó en silencio en la alfombra, justo al lado d