Narrado por Alessandro
El paso de las semanas se medía en grietas. Un mes entero había transcurrido desde aquella noche en la barraca, un mes que se sentía como una eternidad de esquizofrenia emocional. Mi vida se había convertido en un campo de minas donde cada paso en falso —una mirada perdida, un retraso al llegar a casa, el simple hecho de respirar fuera de ritmo— podía provocar una explosión.
Estaba sentado en el borde de nuestra cama matrimonial, en la casa que Bianca y yo compartíamos, un santuario de orden, muebles caros y una armonía que me asfixiaba. Ella estaba allí, frente al tocador, cepillándose el cabello con una lentitud deliberada. La luz de la lámpara de noche destacaba la curva de su vientre, ahora ligeramente más pronunciado, un recordatorio biológico de la cadena que me mantenía atado a esta existencia.
—¿Has pensado en lo que hablamos del cuarto del bebé, Alessandro? —preguntó ella, su voz suave, cargada de una dulzura que solía encontrar reconfortante y que ahora, por alguna razón, me producía una picazón bajo la piel—. He visto unos tonos en crema y azul acero que quedarían perfectos.
—Sí, claro, Bianca. Me parece bien —respondí, mi voz sonando plana incluso para mis propios oídos.
Me quité la camisa, sintiendo cómo el aire acondicionado de la habitación me erizaba el vello. Estaba agotado. No era un cansancio físico, sino el desgaste de un hombre que vive dos vidas paralelas y que empieza a fallar en ambas. En la base, las cosas con Francesca no eran mejores. Éramos un ciclo interminable de discusiones feroces, seguidas de reconciliaciones violentas en el despacho o en el rincón más alejado de los hangares. Peleábamos por el secreto, por el futuro, por mi cobardía y por su frialdad. Pero luego, cuando estábamos juntos, todo el odio se transformaba en una urgencia que nos dejaba sin defensas.
Bianca dejó el cepillo y se levantó, caminando hacia mí con esa gracia calculada que solía cautivarme. Se sentó a mi lado, dejando que su mano recorriera mi espalda desnuda con una familiaridad que, en ese preciso instante, me provocó una oleada de náuseas.
—Estás muy lejos, Alessandro —susurró, inclinándose para besar la línea de mi hombro—. Últimamente, ni siquiera cuando estás aquí, estás conmigo. Siento que te escapas de entre mis dedos.
Me giré para mirarla. Bianca era hermosa, tenía una belleza clásica que nunca se había marchitado, pero al mirarla, no veía a la mujer que amaba. Veía la barrera. Veía a la mujer que representaba todo lo que me impedía ser quien realmente quería ser. Mi mente voló, involuntariamente, hacia el despacho, hacia el olor a combustible y el tacto áspero de la ropa de recluta de Francesca. Recordé la forma en que ella me miraba, con esa mezcla de desdén y necesidad, y el contraste con la suavidad domesticada de Bianca fue demasiado.
—Estoy cansado, Bianca —dije, evitando su mirada—. El entrenamiento en la base está siendo brutal este mes. Moretti no nos da un respiro.
—No se trata del entrenamiento —replicó ella, y su tono cambió de repente, volviéndose más incisivo—. Se trata de ti. Se trata de esta distancia que has levantado entre nosotros desde que volviste de la selva. ¿Crees que no me doy cuenta? Ni siquiera me miras como antes.
Se acercó más, sus manos deslizándose hacia el frente de mi pantalón con una intención que no dejaba lugar a dudas. Bianca quería una confirmación, quería sentir que el hombre que había regresado de la montaña todavía le pertenecía. Se pegó a mí, sus labios buscando los míos en un beso que intentaba reclamar su territorio.
Cerré los ojos, intentando visualizar la habitación, el mobiliario, cualquier cosa que me mantuviera anclado en esta realidad. Pero lo único que veía era la mirada fría de Francesca, el modo en que ella me desafiaba, el modo en que su cuerpo se entregaba al mío con una honestidad salvaje que Bianca nunca podría comprender.
Su mano bajó, buscándome con una seguridad que solía encenderme. Pero esta vez, no hubo reacción. Nada. Fue como si mi cuerpo hubiera desarrollado un sistema de defensa inmunológica contra ella. El tacto de Bianca, por muy conocido que fuera, no encendía ni una chispa. Mi cuerpo, traicionándome en el momento más inoportuno, se mantuvo inerte, una estatua de carne que se negaba a participar en el teatro.
El silencio en la habitación se volvió atronador. Bianca se detuvo, su mano permaneciendo allí por un segundo, buscando una respuesta que no llegaba. Se separó, mirándome con los ojos entrecerrados, una mezcla de confusión y, rápidamente, de una furia gélida.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella, su voz temblando ligeramente—. ¿Qué te pasa, Alessandro?
—Ya te lo dije, estoy cansado —respondí, sintiendo cómo el pánico empezaba a apoderarse de mí. Esto no podía estar pasando. No ahora. No cuando ella estaba esperando a nuestro hijo.
—No es cansancio —exclamó ella, levantándose de la cama de un salto—. Es algo más. ¡No te has excitado! ¡Ni siquiera un poco! ¿Cómo puedes estar tan frío? ¡Soy tu esposa! ¡Estoy embarazada de tu hijo! ¿Qué clase de hombre eres que no puede sentir nada por la mujer que lleva su sangre?
Se empezó a pasear por la habitación, sus gestos volviéndose erráticos, una furia descontrolada que me obligó a levantarme también.
—¡Bájale el tono, Bianca! —ordené, intentando recuperar mi rango, mi autoridad, mi espacio—. ¡Te he dicho que estoy bajo una presión inmensa!
—¡No me hables de presión! —gritó, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Lo que tienes es otra cosa! ¿Quién es? ¡Dímelo! ¿Quién es la maldita que te ha vaciado de esta manera? ¿Acaso es una de esas reclutas de tu escuadrón? ¿Alguien que se presta para tus jueguitos de superioridad?
El nombre de Francesca golpeó mis oídos como un trueno. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. ¿Cómo lo sabía? ¿Tenía alguna pista? ¿Había alguien hablando?
—No digas tonterías —dije, tratando de sonar despreocupado, aunque mi corazón galopaba contra mis costillas—. Te estás inventando fantasmas donde no los hay.
Bianca se acercó a mí, su rostro contorsionado por una rabia que nunca antes había visto. Me dio una bofetada, un golpe seco y doloroso que me hizo girar la cara.
—¡No me llames loca! —chilló—. ¡Sé cuándo un hombre me desea y cuándo un hombre está en otro lugar! ¡Te vas de esta casa y vuelves siendo un extraño! ¡Tu piel... tu piel me rechaza, Alessandro! ¡Es como si estuvieras cubierto de una suciedad que no puedo limpiar!
Se sentó en el borde de la cama, rompiendo a llorar con una desesperación que me partió el corazón, aunque no por las razones que ella pensaba. Me sentí el ser más miserable sobre la tierra. Estaba destruyendo a esta mujer, a la madre de mi futuro hijo, por una pasión que, en el fondo, sabía que solo nos llevaría al abismo. Pero, al mismo tiempo, el rechazo de mi cuerpo me dio una verdad absoluta: ya no era de ella. Había cruzado una línea de la que no se puede volver.
Me acerqué para consolarla, para intentar tapar el boquete con una mentira más, pero ella me apartó con una fuerza sorprendente, lanzándome una mirada llena de odio.
—No me toques —dijo ella, con una frialdad que me congeló—. No te atrevas a tocarme ahora. Si no puedes ser mi marido, al menos ten la decencia de no fingir.
Se levantó y salió de la habitación, dando un portazo que hizo temblar las paredes. Me quedé solo en el silencio del dormitorio, rodeado de una atmósfera cargada de culpa y resentimiento. Me miré en el espejo de la cómoda: tenía la mejilla roja por la bofetada y una expresión de derrota que me costaba reconocer.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la cama, y cerré los ojos. En mi mente, el despacho de la base, el olor a papel viejo y el recuerdo del cuerpo de Francesca moviéndose sobre el mío eran lo único que me parecía real. Bianca tenía razón: mi piel la rechazaba. Mi cuerpo ya no me pertenecía a mí, le pertenecía a esa mujer que, a kilómetros de distancia, probablemente estaría entrenando, o leyendo, o quizás pensando en mí con el mismo odio y el mismo deseo con el que yo pensaba en ella.
Había perdido. Había perdido la paz, había perdido la integridad, y esa noche, había perdido cualquier esperanza de salvar mi matrimonio. Mañana volvería a la base. Mañana tendría que enfrentar a Francesca, sabiendo que el incendio que habíamos provocado ya no se podía controlar. La bofetada de Bianca no era más que el primer golpe de una guerra que, de una forma u otra, iba a dejarnos a todos marcados para siempre.
Me dejé vencer por el cansancio en el suelo, con la conciencia de que ya no había vuelta atrás. La farsa había terminado en el momento en que mi cuerpo se negó a mentir. Y ahora, lo único que quedaba era ver cuánto tiempo más podía aguantar antes de que todo se viniera abajo, antes de que el Capitán Rossi dejara de existir y solo quedara el hombre que, por una obsesión, estaba dispuesto a prenderle fuego a su propia vida.
La noche transcurrió entre insomnio y pesadillas. En mis sueños, no había casas, ni bebés, ni rangos. Solo había una selva oscura, un refugio de ramas y un par de ojos oscuros que me observaban desde la sombra, esperando que, de una vez por todas, me atreviera a ser el hombre que ella merecía. Pero al despertar, solo encontraba la frialdad de la habitación vacía y el peso muerto de una vida que ya no me pertenecía.