Narrado por Alessandro
La penumbra de la barraca era absoluta, apenas interrumpida por los haces de luz artificial que se filtraban desde el patio de armas, dibujando sombras alargadas sobre nuestras pieles desnudas. Francesca estaba sentada a horcajadas sobre mí; su cuerpo, un mapa de curvas y firmeza, se movía suavemente con el ritmo de su propia respiración. El tacto de su piel contra la mía era la única brújula que me permitía saber dónde terminaba mi cordura y dónde comenzaba nuestra realidad.
Pero la realidad, esa enemiga implacable, golpeó la puerta en forma de un recordatorio silencioso. Francesca se detuvo, su postura cambió. La vi tensarse mientras sus dedos se apartaban de mis hombros, su mirada perdida en la oscuridad de la habitación.
—Es tarde, Alessandro —dijo, con una voz que intentaba ser neutra pero que traicionaba una nota de amargura—. Deberías irte. Se supone que hoy es noche de base, y tú... tú deberías estar en tu casa. Con ella.
El nombre de Bianca flotó en el aire, un recordatorio de la farsa que nos esperaba afuera. Sentí que el pecho se me contraía. La idea de levantarme, vestirme y volver a esa casa vacía, a esa vida de cartón piedra, me produjo una repulsión física.
Me acerqué a su cuello, dejando que mis labios recorrieran la curva de su garganta, aspirando el aroma de su piel, una mezcla de sudor, pasión y una libertad que solo encontraba a su lado.
—No quiero irme —murmuré, mi voz vibrando contra su piel—. No quiero ir a ninguna parte que no sea aquí, contigo. Quedémonos. Toda la noche. Que el mundo se derrumbe afuera si es necesario, pero no me pidas que me aleje ahora.
Ella soltó una risa seca, un sonido desprovisto de alegría que me golpeó más que cualquier bofetada. Se alejó apenas unos centímetros, mirándome con una mezcla de lástima y frustración.
—¿Quedarnos? ¿Cómo? ¿Por arte de magia? Mañana amanecerá y ambos tendremos que ponernos los uniformes, tú volverás a ser el Capitán Rossi, el hombre de familia, y yo seguiré siendo Vitali, el soldado que nadie ve. Es nuestra vida, Alessandro. No podemos simplemente pausarla.
—No tiene por qué ser así siempre —dije, incorporándome lo suficiente para sostener su rostro entre mis manos—. He estado pensando... he estado haciendo cálculos. En la ciudad, a unos treinta kilómetros de aquí, hay zonas donde nadie nos conoce. Podría comprar un apartamento. Un lugar nuestro. Un lugar donde no haya rangos, ni coroneles, ni esposas, ni expectativas. Un lugar donde tú puedas ser tú, Francesca, y no Vitali.
El silencio que siguió a mis palabras fue tan pesado que pude escuchar el latido de nuestros corazones. Vi cómo su cuerpo se tensaba bajo mis manos, cómo su mandíbula se apretaba hasta que los músculos de su cuello se marcaron.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, y su voz era un hilo de acero—. ¿Un apartamento? ¿Estamos hablando de una guarida? ¿Un lugar para esconder a la amante oficial del Capitán Rossi?
La palabra "amante" golpeó el aire con una violencia inusitada. Me tensé, sintiendo cómo la sangre me bajaba a las sienes. No era eso lo que yo quería. No era esa la visión que había cultivado en mi mente durante horas de guardia solitaria.
—No seas así —repliqué, tratando de ocultar la frustración—. Es un espacio para nosotros. Para estar juntos, sin tener que mirar por encima del hombro. Es una forma de construir un refugio real, no una fantasía en la selva.
Francesca se soltó de mi agarre y se sentó erguida, su postura volviéndose nuevamente la de un soldado en guardia. Se rió otra vez, pero esta vez fue una carcajada amarga, llena de un desprecio que me atravesó.
—Un apartamento fuera de la base... —dijo, recorriendo el espacio con una mirada vacía—. Claro. ¿Y cómo entraré allí? ¿Por la puerta trasera? ¿Mientras tú llegas con tu coche oficial, te aseguras de que no te vea nadie y subes a verme para cumplir con tu cuota de pasión? Eso es lo que es, Alessandro. Sería el apartamento de la amante. La mujer que vive en las sombras mientras tú cenas con tu esposa y le cuentas a tu hijo los cuentos de cuna que le corresponden.
La frialdad de su lógica me dejó sin aliento. Tenía razón, y eso era precisamente lo que me enfurecía. Me sentí acorralado por mis propias decisiones, por el peso del anillo en mi dedo y por el hecho de que no podía darle todo lo que se merecía.
—No es una sombra —insistí, intentando alcanzarla, pero ella se movió, evadiendo mi tacto—. Es un paso. Es el único paso que puedo dar ahora.
—Es el paso de un hombre que quiere tenerlo todo sin renunciar a nada —espetó ella—. Pero la vida no funciona así, Capitán. No puedes comprar una libertad a medias y esperar que yo me sienta realizada viviendo en un armario esperando a que el gran hombre venga a visitarme.
La frustración, el deseo reprimido y la rabia que me provocaba su negativa estallaron en un impulso primitivo. En un movimiento rápido, la atrapé por la cintura y la obligué a desplomarse sobre la litera, inmovilizándola bajo mi cuerpo. No era un acto de amor, era un acto de desesperación, un reclamo de propiedad que necesitaba ser ratificado.
La guié, casi por la fuerza de mi propia urgencia, hacia el centro de mi deseo. Ella soltó un jadeo al sentir la dureza de mi sexo presionando contra su vientre, la innegable evidencia de cuánto me encendía, incluso en medio de nuestra discusión más amarga.
—Dices que no quieres ser una amante —dije, mi voz ronca y cargada de una posesión que no admitía réplicas—. Entonces demuéstrame qué es lo que quieres. Porque lo único que sé es que no voy a dejar que te vayas esta noche, y no voy a dejar que vuelvas a hablar de ti misma como algo que se puede esconder.
Francesca intentó protestar, sus manos luchando contra mis hombros, pero sus dedos traicioneros se hundieron en mis músculos, buscando el contacto, buscando el calor. La besé, un beso que intentaba apagar sus dudas, un beso que sabía a sal y a terquedad.
—No me llames amante —susurré contra su boca, antes de desplazarme hacia su pecho, reclamando sus pechos con una avidez que la hizo perder el aliento—. Tú eres mi mujer. Mi única mujer. Y te voy a demostrar exactamente lo que significas para mí, sin palabras, sin apartamentos, sin promesas vacías.
Ella empezó a gemir, una rendición que nacía de lo más profundo de su ser. Sus piernas, que hace un momento intentaban marcar distancia, se abrieron para recibirme, envolviéndome con una necesidad que igualaba la mía.
Empecé a moverme, al principio con una lentitud tortuosa, rozando apenas la superficie, obligándola a sentir la fricción, a sentir la urgencia de mi cuerpo contra el suyo. Francesca arqueó la espalda, sus dedos agarrándose a las sábanas de la litera con una fuerza que me hizo saber que estaba perdiendo la batalla contra su propio deseo.
—Dime que me quieres —exigí, cada movimiento sincronizado con el ritmo de su respiración—. Dime que, aunque el mundo entero diga que estamos locos, este es el único lugar donde perteneces.
—Alessandro... —susurró, pero la palabra se perdió en un gemido cuando me hundí un poco más profundamente en ella.
La embestí con una cadencia que era una mezcla de dolor y éxtasis. Francesca comenzó a moverse conmigo, siguiendo mi ritmo con una entrega que me dejó aturdido. Era un intercambio de voluntades donde el placer se convertía en el lenguaje principal. La poseía con una urgencia que no pedía permiso, reclamando cada rincón de su ser, buscando marcarla, buscando dejar una huella que ninguna vida exterior, ninguna esposa, ninguna responsabilidad pudiera borrar.
Cada vez que sus caderas se levantaban para encontrarse con las mías, sentía que estaba ganando terreno en una guerra que sabía que perdería. La observaba mientras se perdía, sus ojos cerrados, su boca entreabierta soltando gemidos que llenaban la pequeña habitación de un sonido tan prohibido y tan exquisito que me hacía desear que el tiempo se detuviera para siempre.
La giré, obligándola a colocarse sobre mí, para ver el efecto que yo tenía en ella. La vi ahí, con el cabello alborotado, la expresión de abandono absoluto en su rostro, moviéndose con una gracia salvaje que me encendió hasta los huesos. Ella era la soldado, la mujer, la amante, el enemigo y el refugio. Era todo lo que yo nunca debí desear y, sin embargo, era lo único que me mantenía respirando.
—Mírame —le ordené, y cuando sus ojos oscuros se encontraron con los míos, cargados de esa misma desesperación que yo sentía, supe que no importaba nada más.
La tomé por las caderas, guiando su movimiento, impulsándola a profundizar más, a entregarse más. Francesca gritó, un sonido de pura liberación, sus uñas clavándose en mis hombros, sus gemidos convirtiéndose en gritos que se perdían contra el techo de la barraca. Me uní a ella en el clímax, una explosión de sensaciones que nos dejó a ambos temblando, exhaustos, sin capacidad de procesar lo que acabábamos de vivir.
Nos quedamos allí, fundidos, con el ritmo de nuestros corazones disminuyendo poco a poco hasta que el silencio volvió a reinar. Francesca descansaba sobre mí, su respiración agitada rozando mi pecho. No hubo más menciones al apartamento. No hubo más menciones a Bianca. Solo quedaba la verdad física de nuestra unión.
La abracé, rodeándola con mis brazos como si fuera a protegerla de todo el universo. Ella, en un gesto de una ternura que me resultó casi insoportable, dejó caer su cabeza en el hueco de mi cuello y suspiró.
—Eres un desastre —murmuró, con una voz apenas audible.
—Lo sé —respondí, besándole el cabello—. Y no tengo ninguna intención de arreglarlo.
La noche seguía avanzando, el silencio de la base nos envolvía. Mañana, al sonar la alarma, volveríamos a ser lo que el mundo esperaba que fuéramos. Pero por unas horas más, mientras el mundo dormía y nosotros nos manteníamos en el centro de nuestra propia destrucción, yo era solo un hombre, ella era solo una mujer, y el peso de nuestras vidas era solo un eco lejano que no tenía poder sobre nuestra entrega absoluta. La amaba, de una forma que dolía, de una forma que quemaba, y si el precio de esa locura era la pérdida de todo lo que había construido, que así fuera. Estaba listo para arder.