Narrado por Alessandro
El aire en el pasillo del ala administrativa era denso, impregnado del olor a cera de los pisos y el zumbido constante de las radios lejanas. La vi a través de la puerta entreabierta de la oficina de suministros. Estaba de espaldas a mí, inclinada sobre una mesa de planos, conversando con el Teniente Valenti. Se reía. No era la risa seca y cínica que me había dedicado la tarde anterior, sino una risa natural, ligera, compartida con un hombre que no cargaba con el peso de mis secretos ni con la sombra de mi hipocresía.
Verla allí, tan relajada, tan inaccesible, fue el detonante. La rabia que había estado fermentando en mi pecho durante días estalló con la precisión de un detonador.
—Teniente —dije, entrando en la oficina sin llamar. Mi voz, cargada con el tono gélido del mando, hizo que Valenti se cuadrara al instante. Vitali, sin embargo, no se inmutó tanto. Se enderezó lentamente, su rostro recuperando esa máscara de granito que me obligaba a enfrentar cada día—. Retírese. Vitali se queda conmigo. Necesito revisar personalmente el inventario del último vuelo.
Valenti me lanzó una mirada confundida, un destello de extrañeza por la inusual petición de que un superior revisara un inventario menor, pero la disciplina pudo más.
—Sí, mi Capitán —respondió él, dándome una última mirada y saliendo de la estancia con un trote discreto.
La puerta se cerró con un chasquido metálico. El sonido retumbó en mis oídos como el disparo de una pistola. Francesca se quedó inmóvil, con la espalda recta, frente a la pared. No se giró. Se quedó mirando los planos con una parsimonia que me encendió la sangre.
—Capitán, como le dije en el hangar, mi entrenamiento comienza en veinte minutos —dijo ella, todavía sin mirarme—. Cualquier revisión de inventario puede esperar a que regrese de la línea de vuelo.
Di dos pasos largos y me detuve justo detrás de ella. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el olor a jabón militar y el aroma, casi imperceptible pero devastador, de su piel.
—No me importa el inventario, Francesca —le dije, usando su nombre por primera vez desde que regresamos de la montaña.
Ella se tensó. Noté cómo sus hombros se elevaron una fracción de segundo antes de volver a su postura rígida.
—Mi nombre es Vitali. Usted está abusando de su rango, Capitán. Es una falta de ética que podría reportar ante el Comando Superior.
—Hazlo —desafié, rodeándola hasta quedar frente a frente. Sus ojos oscuros me miraron con un desafío que me obligó a retroceder un paso—. Reporta el abuso. Haz lo que quieras. Pero no vuelvas a tratarme como a un extraño mientras me miras con ese desprecio, porque no lo voy a soportar más.
—¿Qué espera, Alessandro? —su voz era una mezcla de furia y decepción—. ¿Que me comporte como si nada hubiera pasado? ¿Que me olvide de que usted tiene una vida construida sobre el silencio y que yo soy solo el secreto que usted quiere mantener enterrado para que su reputación permanezca intacta?
—No es un secreto —grité, golpeando el escritorio con la palma de la mano, haciendo que los planos saltaran—. Es mi vida. Es mi carrera. ¡Y no tengo idea de cómo conciliar las dos cosas!
—Ese es su problema, no el mío —espetó ella, dando un paso hacia mí, desafiando mi altura, desafiando mi rango—. Usted eligió su camino el día que regresamos al asfalto. Usted decidió mantener el rango, la esposa y el hijo. Yo solo elegí sobrevivir. Y la única forma de sobrevivir a usted es la distancia.
Su frialdad era una muralla, y por primera vez, sentí que la única forma de romperla no era a través de la razón, sino a través de la misma violencia emocional que nos había unido en la selva. La agarré por los antebrazos, no con brusquedad, sino con una firmeza que exigía atención. Ella intentó soltarse, pero la mantuve allí, forzándola a mirar la confusión y el deseo desesperado que, estoy seguro, se reflejaban en mi mirada.
—No me pidas que sea racional —murmuré, inclinándome hacia ella—. No cuando eres lo único que me hace sentir que el Capitán Rossi no es solo un uniforme vacío.
—¡Suelte! —gritó ella, luchando contra mi agarre—. ¡Esto es una oficina de la Fuerza Aérea, no su refugio de ramas! ¡Sea profesional, por el amor de Dios!
Pero sus ojos, a pesar de sus palabras, empezaron a delatarla. La negación que mantenía con tanta fuerza empezaba a resquebrajarse. La vi respirar con dificultad, la vi morderse el labio inferior, el mismo gesto que me había hecho perder la cabeza en la madrugada junto al lago.
—Al diablo con la profesionalidad —respondí, y en ese momento, el último vestigio de mi control se desvaneció.
Estrellé mis labios contra los suyos con una furia posesiva. Fue un beso cargado de todo lo que habíamos reprimido: la angustia de los días separados, el resentimiento por las mentiras que debíamos contar y la necesidad insoportable de sentir que ella todavía me pertenecía. Francesca soltó un jadeo ahogado, un sonido de derrota, y dejó que sus manos se perdieran en mi cabello, tirando de él con la misma violencia con la que yo la besaba.
El escritorio fue empujado a un lado en nuestra lucha de voluntades. La chaqueta de mi uniforme, con sus medallas y sus insignias de rango, cayó al suelo con un ruido sordo, un símbolo de autoridad que ya no tenía ningún significado en ese despacho. Mis manos buscaron el cinturón de su uniforme, desabrochándolo con una torpeza febril que me hizo maldecir.
—Alessandro... —susurró contra mi boca, una súplica que sonaba a rendición total—. No... no podemos hacer esto aquí...
—Podemos hacer lo que queramos —le respondí, mientras mis manos bajaban por su cintura, sintiendo el calor de su cuerpo bajo la tela rígida—. Aquí, en el hangar, en la selva... tú eres mía, Francesca. Y me importa un carajo quién esté patrullando afuera.
La alcé, sentándola sobre el escritorio, dispersando planos, informes y manuales de vuelo por todo el suelo de la oficina. Ella se aferró a mi cuello, sus piernas rodeando mi cintura con una fuerza que me hizo gemir de placer. La ropa empezó a desaparecer, abandonada en el suelo como pieles que ya no necesitábamos para sobrevivir. Los botones de su camisa volaron, golpeando las paredes, mientras yo la desnudaba con una urgencia que no distinguía entre la delicadeza y la pasión salvaje.
Cuando mis manos liberaron su pecho del vendaje que siempre llevaba, soltó un suspiro largo, un sonido de alivio que me confirmó que, a pesar de todo su odio, a pesar de su distancia y de su frialdad, ella todavía me necesitaba de la misma forma en que yo la necesitaba a ella.
La besé recorriendo cada centímetro de su cuello, de sus hombros, bajando hasta encontrar la suavidad de su piel descubierta. Francesca arqueó la espalda, su cabeza cayendo hacia atrás, revelando la garganta en un gesto de abandono absoluto.
—Hazlo —jadeó, sus dedos hundiéndose en mis hombros, marcando mi piel con sus uñas—. Hazme tuya otra vez. Hazme olvidar todo lo que no sea esto.
No hubo más discusiones. No hubo más rangos. No hubo más esposa, ni hijos, ni Coroneles esperando informes. Solo existía el roce de la piel, la fricción de dos almas que se habían encontrado en el lugar equivocado y que ahora se consumían con la intensidad de un incendio fuera de control.
Nos movimos con una sincronía que solo dos personas que se conocen en el abismo pueden lograr. Mis manos recorrían cada curva, cada rincón de su cuerpo, buscando recordarla, buscando marcarla de nuevo, como si cada caricia fuera un intento de reclamar lo que el mundo exterior intentaba arrebatarnos. Francesca, por su parte, me respondía con una audacia que me dejaba aturdido, una entrega que era a la vez un desafío y una confesión de amor eterno.
El despacho, antes un lugar de frialdad administrativa, se transformó en nuestro nuevo refugio. El ruido de los motores afuera parecía ahora un eco lejano, un sonido que no tenía nada que ver con la realidad que estábamos viviendo. Mis manos la sujetaban con firmeza, guiándola, sintiendo el calor de su cuerpo envolviéndome, la estrechez perfecta que me hacía sentir, por primera vez, que el mundo exterior no importaba.
Cuando el clímax nos alcanzó, fue una colisión de voluntades. Francesca gritó mi nombre, un sonido prohibido en esa base, un sonido que seguramente alguien en el pasillo podría escuchar, pero a ninguno de los dos nos importó. Nos dejamos llevar por el torrente, perdiéndonos el uno en el otro, hasta que la realidad se desvaneció por completo y solo quedó el latido compartido de nuestros corazones, galopando al ritmo de un desastre que apenas estábamos comenzando a comprender.
Después, el silencio. Un silencio pesado, cargado de consecuencias y de una intimidad que dolía. Me quedé apoyado contra ella, con la frente sudorosa descansando sobre su hombro, sintiendo cómo su respiración empezaba a estabilizarse. Francesca se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, sus manos todavía entrelazadas en mi espalda.
Miré a mi alrededor: mi uniforme esparcido por el suelo, los papeles de la Fuerza Aérea arrugados bajo nuestra pasión, la puerta cerrada. Éramos dos náufragos de nuevo, pero esta vez, el naufragio había sido en el centro mismo de nuestro tormento.
—No hay vuelta atrás —dije, con voz ronca, acariciándole el cabello—. Lo sabes, ¿verdad? Después de esto, no hay forma de volver a ser extraños.
Francesca abrió los ojos. Ya no había desprecio en ellos. Solo una tristeza profunda y una verdad que ninguno de los dos quería aceptar: esto no era el final. Esto era solo el comienzo de una guerra que, de una forma u otra, terminaría destruyéndonos a los dos. Pero mientras la tuviera entre mis brazos, mientras pudiera sentir el calor de su piel contra la mía, estaba dispuesto a arder.