Narrado por Alessandro
El hangar 4 era un hervidero de actividad técnica, pero para mí, todo el lugar parecía estar sumergido en una película muda. Llevaba tres días intentando coincidir con Vitali. Tres días en los que el recluta se había esfumado, convirtiéndose en el ejemplo más perfecto de eficiencia militar que jamás hubiera visto en la academia.
La encontré finalmente junto al fuselaje de un avión de entrenamiento, revisando unos registros de vuelo con una meticulosidad que me resultó insultante. Cuando me vio acercarse, no hubo ni una chispa, ni un temblor, ni la más mínima alteración en su postura. Se cuadró con una precisión tan marcada que casi dolió.
—Capitán Rossi —dijo, su voz plana, desprovista de cualquier matiz personal. Sus ojos oscuros, antes tan cálidos bajo la luz de las estrellas en la selva, ahora eran dos piezas de obsidiana inescrutables.
—Vitali —respondí, sintiendo cómo la frustración me subía por la garganta—. Necesito hablar contigo sobre el informe de la misión. A solas.
—El informe está completo, mi Capitán. Está en el escritorio del Coronel Moretti. ¿Requiere algo más sobre los procedimientos técnicos?
Su distancia me estaba volviendo loco. Era como intentar atrapar humo con las manos. Cada gesto suyo, cada "mi Capitán", cada paso atrás que daba para mantener la distancia reglamentaria, actuaba sobre mí como un látigo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía borrar la memoria de nuestra piel, de nuestras confesiones, de la forma en que su cuerpo se había entregado al mío con una fe que yo no merecía?
Dí un paso hacia adelante, cerrando el espacio entre nosotros. Los técnicos que estaban cerca, trabajando en las turbinas, no se dieron cuenta de nada, pero ella sí. Sus ojos no parpadearon.
—Deja de hacer esto —siseé entre dientes, lo suficientemente bajo para que solo ella escuchara—. Deja de actuar como si fuéramos extraños.
Francesca soltó una carcajada. Fue un sonido corto, seco, carente de cualquier rastro de alegría, que me dejó helado. Una sonrisa cínica, casi cruel, se dibujó en sus labios, una que jamás le había visto en la montaña.
—¿Extraños, Capitán? —preguntó, inclinando la cabeza con una falsa curiosidad que me descolocó—. No somos extraños. Somos un superior y un subordinado. Usted tiene un informe que archivar, una carrera que proteger y, por lo que tengo entendido, una vida familiar que atender. ¿Qué es lo que espera? ¿Que le cuente mis impresiones sobre la calidad de las mantas en la enfermería?
—Sabes perfectamente de lo que hablo —dije, sintiendo que el control de mis emociones se me escapaba de las manos—. Me estás volviendo loco.
Ella me miró de arriba abajo con un desprecio tan calculado que me dolió más que una bofetada. Dio un paso hacia atrás, restableciendo la distancia de seguridad con una elegancia que me pareció un insulto.
—¿Sabe qué es lo que realmente le molesta, Capitán? —preguntó, y su tono bajó un grado, volviéndose peligrosamente íntimo—. ¿Le molesta que ya no pueda tenerme? ¿Le molesta que, al llegar a casa, cuando la realidad le golpee la cara, no tenga a su pequeño secreto de la selva para distraerse de la culpa?
Sentí que la sangre se me acumulaba en las sienes. El enfado, una mezcla de celos y una rabia impotente ante su indiferencia, empezó a hervir bajo mi uniforme.
—No hables así de lo que pasó —le advertí, dando otro paso hacia ella.
—¿Por qué no, Alessandro? —respondió ella, usando mi nombre de pila con una insolencia que atrajo la mirada de un mecánico cercano. Se recuperó al instante, bajando el tono—. Dígame, ¿no ha podido cumplir con sus deberes con su esposa? ¿Eso es lo que le tiene tan alterado? ¿Que ahora que la vida le ha dado una "familia", ya no puede venir a buscar consuelo en el recluta Vitali?
El comentario me golpeó como un disparo. Me enfureció su capacidad para usar mi propia vida —esa farsa de vida— como una lanza para herirme. Me sentí pequeño, expuesto, un hipócrita frente a la única mujer que había visto a través de mi uniforme.
—Cierra la boca —gruñí, sintiendo cómo mis manos temblaban de rabia—. No tienes ni idea de lo que siento, ni de lo que significa Bianca para mí.
—Oh, lo sé perfectamente —respondió ella, y esta vez su sonrisa fue tan amarga que me dejó sin aliento—. Bianca es su deber. El bebé es su futuro. Y yo... yo solo fui el error de navegación que usted espera olvidar. No se preocupe, Capitán. El recluta Vitali es muy bueno siguiendo órdenes. Y mi orden actual es no volver a recordarle nada de lo que pasó en esa montaña.
Se giró, preparándose para marcharse, con esa rectitud militar que me resultaba insoportable. Intenté agarrarla del brazo, pero ella se apartó con un movimiento tan fluido y preciso que me dejó con la mano extendida en el aire, frente a mis hombres.
—¡Vitali! —la llamé, con el tono de mando que exigía obediencia.
Se detuvo, se giró lentamente y me miró con una frialdad que me congeló el corazón. No había rastro de la mujer que me había hecho el amor, ni de la confidente que me había contado sus secretos. Solo había un soldado impecable, un muro de cristal que yo mismo había ayudado a construir con mis indecisiones y mis cobardías.
—¿Alguna otra orden, mi Capitán? —preguntó, ignorando por completo el fuego que ardía en mis ojos—. Si no es así, tengo entrenamiento de vuelo. El cielo no espera a los que se distraen con recuerdos.
Me quedé allí, observándola caminar hacia la línea de vuelo. La observé alejarse, la vi subir al avión con una agilidad pasmosa, y supe, con una certeza que me produjo un dolor físico insoportable, que había perdido la batalla. No podía obligarla a sentir, no podía exigirle que volviera a mirar detrás de mi uniforme.
Me giré, sintiendo el peso de las miradas de los mecánicos sobre mí. Había perdido el control, había perdido la compostura y, lo que era peor, había perdido el único lugar donde podía haber sido un hombre libre. El Capitán Rossi regresó a su despacho, pero cada paso que daba se sentía más pesado, más encadenado, mientras afuera, el motor del avión de Vitali rugía, preparándose para ascender hacia un cielo al que, ahora más que nunca, yo ya no tenía derecho a aspirar.