Capítulo 17: El bautismo del acero

Narrado por Francesca

Estúpida. Eso era lo que repetía mi mente con cada repetición de pesas, con cada gota de sudor que golpeaba el suelo de goma del gimnasio. Estúpida por creer que un refugio de ramas en mitad de la montaña podía ser un mundo real. Estúpida por pensar que un hombre como Alessandro Rossi, atrapado en su propio pedestal de oficial perfecto y con una vida doméstica que acababa de sellarse con un hijo, podría mirar más allá de sus privilegios.

El peso de la barra se sentía como una condena. Subía, bajaba. Subía, bajaba. Mis músculos gritaban, los tejidos de mis hombros —aún sensibles por el vendaje que volvía a apretarme el pecho— ardían con una quemazón que agradecía. El dolor físico era lo único que lograba silenciar el eco de sus manos sobre mi piel y el sonido de sus promesas susurradas en la madrugada.

—¡Vitali! Vas a destrozarte los tendones, hombre —la voz de uno de mis compañeros de escuadrón me sacó de mi trance—. ¿Qué te pasa? Has estado aquí tres horas sin parar.

Me detuve, apoyándome en la barra, recuperando el aliento con dificultad. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano, sintiendo que mi rostro era una máscara rígida, impasible.

—Nada —respondí, logrando que mi voz sonara con la ronquera justa, la del soldado cansado que solo busca el olvido en el entrenamiento—. Solo necesitaba quemar energía después de días de encierro en la selva. El cuerpo se vuelve lento si no lo obligas a trabajar.

El compañero se encogió de hombros y siguió con su rutina. Nadie sospechaba. Nadie, en esta base de hombres uniformados y normas inquebrantables, podía imaginar que "Vitali" tenía un secreto tan devastador bajo el algodón del uniforme. Nadie sabía que, unas horas antes, este cuerpo que ellos veían como el de un recluta prometedor había sido explorado, besado y poseído por el Capitán de la unidad.

La noche cayó sobre la base como un telón de plomo. Cuando el silencio se adueñó de los hangares y las luces de seguridad comenzaron a parpadear, salí del gimnasio con los pies pesados y el espíritu fracturado. No fui a mi barracón. Necesitaba aire, necesitaba un lugar donde el eco de sus palabras no me encontrara. Caminé hacia el extremo norte de la base, más allá de la pista de aterrizaje, donde un pequeño lago natural reflejaba la luz de la luna.

Me senté en la orilla, hundiendo las manos en la hierba húmeda. Allí, sin nadie que me viera, sin la presión de mantener mi postura erguida, el dique se rompió.

Las lágrimas empezaron a caer, primero de forma silenciosa, luego transformándose en un llanto amargo, una purga de todo lo que había acumulado. Lloraba por el sueño de volar que casi me cuesta la vida, lloraba por la mentira que me obligaba a vivir cada segundo, pero sobre todo, lloraba por mi propia debilidad. Me había entregado a él. Me había permitido creer en un "nosotros" que nunca fue posible. Sabiendo que él tenía una esposa, sabiendo que él era un oficial con una vida ya trazada y ahora, además, con un heredero, me había dejado arrastrar por el placer y la ilusión. Me había convertido en la amante secreta, en el pecado escondido bajo un uniforme que él usaba para sentirse vivo antes de volver a su vida correcta.

"¿Qué quieres decir, que seré la amante?", le había preguntado en la montaña. Y él me había prometido el mundo. Qué ingenua. Alessandro Rossi no podía darme el mundo; apenas podía darme las sobras de su tiempo, el espacio entre sus deberes y su familia.

Me sequé las mejillas con la manga de la chaqueta, sintiendo el sabor salado de mis lágrimas. La rabia empezó a reemplazar la tristeza. Una rabia fría, calculadora, que me helaba la sangre.

Miré hacia las luces de la base que brillaban a lo lejos. Allí estaba él. Quizás ahora mismo estaría besando a su esposa, acariciando ese vientre que contenía la vida que sellaría su destino. La idea me produjo una arcada, un asco profundo hacia mí misma por haber permitido que ese hombre me tocara, por haber dejado que descubriera quién era yo realmente, para luego verme tratada como un secreto más en su expediente.

Me puse en pie, limpiándome la tierra de los pantalones. Mi decisión estaba tomada. No habría más refugios. No habría más madrugadas de confesiones ni exploraciones en la penumbra.

A partir de ahora, Alessandro Rossi sería el Capitán y yo sería el recluta Vitali. Esa era la única realidad, la única jerarquía que protegería mi integridad. Si volvía a cruzarme con él, si sus ojos intentaban buscar los míos con esa falsa promesa de complicidad, le demostraría que el recluta Vitali era un soldado de hierro.

Me juré, mientras la brisa fría del lago me golpeaba el rostro, que nunca más me dejaría tocar. Ni una caricia, ni un susurro, ni una mirada que no fuera la estrictamente profesional. Había entregado mi cuerpo, pero no entregaría mi alma a un hombre que no podía ofrecerme más que sombras.

Caminé de regreso hacia los barracones con la espalda más recta que nunca. El dolor en mi tobillo todavía era un recordatorio de nuestra caída en la montaña, pero ahora, ese dolor era mi escudo. Cada paso era una declaración de guerra contra mi propio corazón.

Al pasar frente al hangar donde descansaba su avión, me detuve por un segundo. El metal brillaba bajo la luz de la luna. Él pertenecía a eso. A la máquina, a la estructura, a la familia. Yo... yo tendría que encontrar mi camino de vuelta a las nubes, pero esta vez, volaría sola.

La noche era oscura, pero dentro de mí, una nueva frialdad comenzaba a endurecerse como el acero. Él no volvería a tenerme. Por mucho que me buscara en los pasillos de la base, por mucho que sus ojos grises intentaran buscar la verdad en los míos, solo encontraría a un subordinado impecable y gélido. El Capitán Rossi había tenido su momento, su noche de náufrago en la selva. Pero el recluta Vitali, la mujer que había desafiado todo un sistema para llegar allí, había aprendido una lección definitiva: en este mundo de hombres, la única forma de no ser destruida era no sentir absolutamente nada.

Regresé a mi litera, me quité las botas y, antes de cerrar los ojos para intentar descansar, me vendé el pecho con una fuerza casi violenta. Con cada vuelta de la venda, me recordaba a mí misma quién era: alguien que no necesitaba de nadie para alcanzar el cielo. Y si para ello tenía que matar a la Francesca que se había enamorado en el bosque, que así fuera. El soldado Vitali estaba listo para la guerra.

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