Eran altos, jóvenes, atractivos y elegantes, los tres hombres, desconocidos para Megan, se erguían con ese aire de elegancia y superioridad mirándola con incredulidad.
— No puede ser… ¿Tú eres su secretaria? — Preguntó el otro sujeto, elevando una ceja.
— Su asistente personal. — Aclaró Megan, inhalando profundamente.
Pues parecía que ese era el día en que todos se dedicarían a menospreciarla por su aspecto, hasta los desconocidos.
— Pfffff. — El tercer hombre intentó contener una carcajada.
El