Alina se quedó parada frente a la puerta de acero negro mate, una entrada discreta que parecía diseñada para ocultar secretos de estado más que tratamientos estéticos. El viento frío de Santa Fe se colaba entre los edificios, despeinándola ligeramente, algo que en circunstancias normales la habría puesto de mal humor, pero ahora apenas lo notaba. Su corazón latía con un ritmo sincopado, una mezcla de adrenalina y terror.
Siguiendo la instrucción de Beto, el chofer, levantó la mano y presionó el