Yago, con la mano firmemente entrelazada con la de Nant, se dirigió con paso tranquilo y decidido hacia la hilera de elevadores relucientes del hotel. Dejaban atrás el suave bullicio del restaurante, las voces amortiguadas y las miradas curiosas que, a pesar de la discreción del lugar, aún se posaban en ellos, atraídas por la innegable aura de poder y la evidente conexión entre la pareja. La intimidad de su vínculo se hizo más palpable con cada paso, un lazo invisible que los unía y los separab