El destello blanco no trajo dolor, sino un vacío absoluto. Durante unos segundos que parecieron siglos, Mateo no escuchó el rugido del océano ni el crujido del metal moribundo. Solo escuchó el eco de su propio corazón, un latido lento, pesado y desprovisto de la vibración eléctrica que el virus Génesis le había otorgado.
Cuando la ceguera blanca se disipó, la gravedad regresó de golpe.
Mateo cayó de rodillas, impactando contra un suelo frío. No era el metal rugoso del hangar del Arca, sino un t