El Madrid virtual comenzó a desmoronarse a su alrededor como un lienzo de acuarela expuesto a la tormenta. Los bordes de los diplomas de la pared se pixelaban en un humo gris y las ventanas de la clínica vibraban con el zumbido sordo de la realidad física que intentaba reclamarlos.
Pero a Mateo ya no le importaba la pirámide invertida, ni los servidores de la Red B, ni los diez años que supuestamente habían pasado en criogenia. Lo único real, lo único que mantenía su mente cuerda, era el peso d