392. LA DONCELLA Y LA BESTIA
KATHERINE
Levanté bien la cabeza mirando a todos lados con curiosidad.
El camino de piedra apenas se veía por el manto de hojas muertas que cubrían todo el suelo.
La vieja mansión, más bien parecía una casona decrépita, con las altas estatuas de los tejadillos manchadas de negro y llenas de estiércol de aves.
Me imagino que al morir mi “querido” padre, Rossella nunca más puso un pie aquí.
—Elliot, ya me puedes bajar —le pedí con voz suave.
Mis dedos picaban por acariciar la oreja peluda y