227. ES POR TU BIEN
SIGRID
—No es necesario que me pongas los zapatos, Silas, yo lo hago —le quité los botines de la mano y me los calcé yo sola.
La verdad es que tener a una persona siempre a mi alrededor ayudándome en todo, me daba algo de jaqueca.
Solo que su presencia silenciosa no me molestaba, se lo permitía, pero algo me decía que ahora mismo vendrían las tormentas.
—Mi señora, iré rápido a mi habitación a cambiarme, el traje azul que mandó a confeccionar para mí ¿le parece adecuado? —se levantó de repen