189. HIJOS DEFECTUOSOS
SIGRID
El carruaje se detuvo y escuché que Grimm saludaba a unos hombres, luego el sonido de rejas y de nuevo en marcha.
Aparté la cortina con mi dedo donde un enorme anillo de esmeralda relucía y enseguida los guardias bajaron la cabeza con respeto.
Pasamos por unas poderosas murallas que daban acceso a una ciudad llena de villas, casas de piedra y madera.
Se escuchaba el bullicio de las calles y el aroma a comida, junto con el pregoneo de las personas en el mercado.
Todos los campos de cul