Aria...
El momento en que sentí sus manos sobre mí, firmes y dominantes, mi cuerpo se arqueó instintivamente. Mi calor se encendió con una intensidad cruel, cada nervio gritando, mi loba aullando dentro de mí como una tormenta desatada.
Gemí, desesperada, y él me sostuvo con fuerza, sus ojos dorados clavados en los míos, una promesa silenciosa de que estaba a salvo y de que él se encargaría de esto.
«No tienes que tener miedo», murmuró, su voz baja y aterciopelada, vibrando contra mi oído.
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