Después de ese día, Agusto no se dio por vencido.
Cada mañana, desde que salía al trabajo hasta que regresaba por la noche, recibía cartas de amor y regalos suyos. Parecía infiltrarse en cada rincón de mi vida, encontrando siempre la manera de hacérmelos llegar.
Pero cada vez, sin piedad, los arrojaba a la basura.
El dolor del pasado no desaparecería con sus dulces palabras. Sabía muy bien que todo entre nosotros había terminado.
Sin embargo, Agusto parecía incapaz de entenderlo.
Un día, al