Dejé atrás a Agusto y llegué a una ciudad desconocida en el sur.
Aunque el clima y la comida no me resultaban familiares, al abandonar mi pasado, recuperé la esperanza en la vida.
Con los ahorros de todos esos años, alquilé una pequeña habitación humilde pero acogedora.
Encontré un trabajo como oficinista cerca. El salario no era alto, pero suficiente para mantenerme.
Cada mañana, al ir al trabajo, el dueño de la floristería en la planta baja, Río, me regalaba una sonrisa cálida.
Era guapo,