Agusto regresó a casa conduciendo, lleno de furia y arrepentimiento.
Al entrar, golpeó la puerta con fuerza, consumido por el dolor y la ira.
Inés aún estaba allí. Al oír el ruido, se acercó rápidamente:
—Agusto, ¡has vuelto! ¿Dónde está Celia? ¿No regresa contigo?
Preguntó fingiendo preocupación, pero con una sonrisa malévola escondida en su rostro.
Agusto la miró fríamente sin responder.
—Agusto, ¿qué pasa? ¿Acaso esa zorra se negó a volver? ¡Sabía que te abandonaría por pobre!
Al ver qu