Leandro entró concentrado en una tableta médica hasta que levantó la vista y la vio, algo cruzó su rostro como un reflejo, con el mismo destello de la vez que se encontraron en la primera vida de Elena.
— Elena… — La llamó Leandro, con sorpresa y esa sonrisa tranquila que ella recordaba, llena de emoción.
— Leandro. — Elena sostuvo su mirada desde la camilla. — Qué sorpresa.
Él la miró durante un largo momento que se sintió algo extraño, luego bajó la mirada rápidamente hacia la tableta, dándose cuenta de que se había quedado algo embelesado.
Lo cual no se veía nada profesional.
— Soy el médico de guardia esta noche. — Leandro se acercó a Elena y sacó una pequeña linterna del bolsillo. — ¿Qué pasó?
— Me desmayé… — Soltó Elena de inmediato. — En una cena.
— ¿Tenías síntomas previos? ¿Mareos, náuseas, cansancio? — Leandro apuntaba las pupilas de Elena con la linterna, concentrado, al tiempo que preguntaba.
Elena hizo una pausa, porque esta era la parte que importaba, esta era la razón real por la que había necesitado llegar a esta clínica, a este médico y en este momento.
— Sí… — Asintió Elena. — Llevo semanas sintiéndome mal, con mareos, inapetencia, una sensación de pesadez aquí… — Se llevó una mano al estómago. — Y una vez… vomité algo que no tenía buen aspecto.
Leandro se detuvo, la miró con una atención diferente ahora, no la del médico, sino la de alguien que acaba de escuchar algo que le preocupaba.
— ¿Qué quieres decir con que no tenía buen aspecto?
— Tenía sangre, Leandro. — Elena lo miró directamente.
— Voy a pedirte unos exámenes… Completos. — Enunció Leandro, arrugando el entrecejo al tiempo que hacía anotaciones rápidas en su tabla. — Hoy mismo te los haces, no cuando puedas.
— De acuerdo. — Respondió Elena, soltando una mínima sonrisa que no pudo evitar al notar como él se veía realmente preocupado por ella.
— ¿Tienes antecedentes familiares de enfermedades gastrointestinales?
Elena pensó en su madre, en la pregunta que el doctor Ramírez en su otra vida le había hecho demasiado tarde, cuando ya no había tiempo para investigar nada.
Y luego pensó en su padre.
Por suerte, Raúl había salido de la habitación porque Elena le había pedido un café, así que está era su oportunidad para hablar sin tapujos, antes de que su padre volviera.
— No sé… — Contó Elena, con honestidad. — Mi madre murió cuando yo tenía doce años y nunca supe exactamente de qué… Mi padre nunca quiso hablar de ello.
— Eso también hay que investigarlo… — Leandro asintió despacio, registrando cada palabra. — Si hay un componente hereditario, necesitamos saberlo cuanto antes.
Elena lo miró, en su primera vida, esta conversación había llegado demasiado tarde, en un consultorio frío, con los días contados y un esposo que le había robado el seguro sin siquiera considerarla.
Esta vez, la conversación estaba teniendo lugar en una camilla de evaluación, con un médico que le importaba de verdad y lo más importante, antes de que los DeLuca tuvieran autoridad sobre alguna decisión médica suya.
Esta vez era diferente, tenía que serlo.
— Gracias, Leandro… — Elena, sintió como el pecho se le llenaba de esperanzas.
Él asintió, y justo antes de salir, se detuvo en el marco de la puerta.
— Cuídate, Elena.
Las mismas palabras de siempre, las mismas palabras de su otra vida y Elena volvió a sentir esa misma calidez pequeña e inexplicable que ya conocía, la misma que había sido lo último que sintió antes de morir.
Pero esta vez no iba a ser lo último.
…
— Muy bien Elena, sobrevivimos a la primera noche… Ya nos dimos cuenta de que negarse al matrimonio no funcionaba, eso causaba… — Elena tragó grueso. — Mi propia muerte… Pero… También aprendimos que si puedes cambiar pequeñas cosas en esta vida, pequeños actos… Con eso, tenemos que asegurarnos de que nuestro futuro ya no será el mismo, no saldremos destruidas está vez… Esta vez destruiremos todo lo que nos lastimó… — Enunció Elena, mirándose frente al espejo de su habitación.
Y con esa idea en mente, al día siguiente Elena se preparó con mucho cuidado en su apariencia, algo que no había hecho desde su vida pasada, cuando su salud se deterioró.
Eligió un vestido sencillo, pero muy favorecedor, se maquilló con un toque dulce, pero lleno de naturalidad y luego, practicó frente al espejo la sonrisa que necesitaba.
Una sonrisa suave, un poco tímida, la sonrisa de una mujer ciegamente enamorada que se atrevía a sorprender a su prometido en el trabajo.
Y el plan funcionó exactamente como Elena esperaba.
Elena cruzó el pasillo de las oficinas de Industrias DeLuca sintiendo cada mirada de los empleados, la curiosidad y el reconocimiento.
La asistente de Adrián la dejó pasar apenas Elena dijo su nombre, con la seguridad automática que se gana al ser reconocida como la futura esposa del jefe.
Y entonces, abrió la puerta del despacho de Adrián sin tocar.
— ¡Sorpresa…! — Murmuró Elena, con esa sonrisa ensayada y algo tímida.
Adrián levantó la vista de su escritorio con una expresión de sorpresa genuina que rápidamente se transformó en gusto.
— Elena. — Adrián se levantó y rodeó el escritorio. — No esperaba verte aquí.
— Ya que pronto vamos a ser esposos, pues quería conocer tu mundo… — Elena se acercó despacio, dejando que su mirada recorriera la oficina como si viera el lugar por primera vez. — El lugar donde pasas tus días.
Adrián sonrió, complacido, y la llevó hacia el sofá de la oficina con la seguridad de un hombre acostumbrado a que las mujeres quieran su atención.
Hablaron varios minutos sobre todo un poco, Elena escuchó sobre sus proyectos, sobre la expansión, sobre lo orgulloso que estaba de la empresa que algún día sería de ambos.
Mientras que Elena asentía, hacía las tontas preguntas que una mujer enamorada haría y se reía de los comentarios de Adrián que en realidad no le parecían graciosos.
Y en algún momento ella se levantó.
— ¿Sabes? Esta oficina se ve bastante organizada… — Elena caminó lentamente hacia el escritorio, Adrián la siguió. — Pero quizás, algún día, me permitas redecorarla para ti… Como tú esposa…
Ella iba hablando al tiempo que rodeaba el escritorio, deslizando lentamente la punta de los dedos por la madera, al tiempo que con el rabillo del ojo, registraba el escritorio.
La carpeta estaba ahí, la misma que había visto en la cena con el contrato de matrimonio, estaba sobre la mesa de trabajo de Adrián junto a otros documentos.
Elena se giro hacia el y lo miró a los ojos con una expresión llena de inocencia y dulzura.
— ¿Me permitas hacer eso por ti? — Preguntó Elena, bajando la mirada con algo de vergüenza.
— Cla… Claro… — Asintió Adrián embelesado, viendo que ahora Elena se acercaba a él, lentamente.
Y de pronto, Elena se tropezó, cayendo sobre el pecho de él, Adrián la sostuvo entre sus brazos como lo haría cualquier caballero salvador.
Elena pudo sentir el rápido latido de su corazón, el calor de su aliento en su rostro mientras él bajaba lentamente hacia sus labios.
— Cof, cof, cof… — Elena comenzó a toser repentinamente, apartándose de Adrián. — Oh, lo siento… Cof, cof, creo que me ahogué… Cof, ¿podrías traerme un poco de agua?
— Vuelvo enseguida… — Adrián salió de la oficina.
Elena no perdió tiempo, abrió la carpeta, sacó su teléfono y fotografió cada página del contrato.
Entonces escuchó pasos acercándose, cerró la carpeta y guardó el teléfono.
Adrián entró con una jarra de agua y un vaso de cristal.
— Aquí tienes… — Se acercó Adrián sin sospechar nada.
— Gracias. — Elena tomó el vaso con una sonrisa serena.
Se quedó otros diez minutos para no levantar sospechas, y luego, bajando la mirada con cierta timidez, Elena se despidió con un beso breve en la mejilla.
Y Adrián sonrió con la satisfacción de un hombre que cree tener todo bajo control.