La cena con los DeLuca se repitió exactamente como Elena lo recordaba.
De nuevo, ella estaba en el mismo restaurante elegante en el que había ocurrido su última muerte, con las mismas mesas con manteles blancos y con los mismos candelabros de plata que ahora Elena miraba con algo de paranoia, sin que nadie en esa mesa la pudiera entender.
Todo era igual, hasta el último detalle, como una obra de teatro que Elena ya había visto y que ahora podía volver a ver conociendo cada línea en el guion.
Una vez más, Justina DeLuca recibió a Elena con esa sonrisa falsa de bienvenida y Elena también le sonrió, estrechó manos, aceptó el vino que le ofrecieron, y tomó su lugar en la mesa como si nada.
Los primeros cuarenta minutos transcurrieron exactamente como Elena esperaba, conversaciones sin importancia.
Adrián le hablaba a Elena con ese tono encantador que era actuado y ella le respondía con el mismo entusiasmo actuado.
Y Raúl estaba satisfecho.
— Señor Valer… — Comenzó Justina cuando llegó el postre, sacando una carpeta.
— Llámeme Raúl… — La interrumpió el padre de Elena, con un tono amable y caballeroso. — Recuerde que pronto seremos familia.
— Oh, claro Raúl… — Justina Sonrió y con una mano, deslizó la carpeta hacia Raúl. — Disculpe la molestia, pero mi hijo, Adrián y yo, pensamos que podríamos aprovechar la reunión para revisar algunos términos preliminares… No es nada definitivo, por supuesto… Solo son detalles para que todos estemos alineados desde el principio, recuerde que queremos ser honestos y hacer todo este proceso lo más transparente posible.
Raúl asintió y recibió la carpeta confiando lo suficiente para no leer con demasiado cuidado, después de todo, el abogado debía revisar eso luego.
Pero entonces, cuando Raúl cerró la carpeta, Elena hizo algo que no había hecho en su vida pasada.
— Padre… ¿Puedo ver? — Le pidió Elena a Raúl, extendiendo su mano hacia la carpeta.
Todos la miraron extrañados, ¿Qué podría ver una niña mimada acostumbrada a que su padre se hiciera cargo de todo?
Raúl asintió despacio y le entregó la carpeta.
En su vida anterior, Elena estaba tan concentrada y embelesada con Adrián que omitió por completo el detalle de la carpeta.
Total, su padre siempre se hacía cargo de los asuntos legales y siempre, todo salía perfecto.
Pero esta vez no sería así y Elena lo sabía.
Así que está vez, esto tenía que salir diferente, aunque sea el más pequeño detalle de su vida pasada, podría salvarle la vida en esta vida.
Elena leyó.
Y mientras leía, algo frío se fue arremolinando en el pecho al ver con sus propios ojos el tipo de trampa que su padre había firmado en su primera vida sin saberlo.
La cláusula tres establecía que en caso de separación antes de los cinco años de matrimonio, los activos aportados por la familia Valer al consorcio quedarían bajo administración conjunta por un período de diez años adicionales, debido a que separar la empresa por un divorcio, podría afectar las operaciones.
Y si, técnicamente sonaba razonable, nadie quería llevar su empresa a la banca rota o hacer una división significativa en tan corto tiempo por un divorcio, ¿Cierto?
Pero Elena ahora entendía lo que de verdad significaba “administración conjunta” y es que Adrián se haría cargo de todo y le quitaría potestad a ella.
La cláusula siete estipulaba que cualquier decisión médica mayor durante el matrimonio requería aprobación del cónyuge o de un representante familiar cercano de los DeLuca.
“Cualquier decisión médica mayor” quizás su padre pensó en un accidente que requiriera de la aprobación de una cirugía, pero Elena recordó que su seguro había sido cancelado y ella no entendía cómo era posible.
Ahora lo entendía perfectamente.
La cláusula doce, casi al final del documento, estaba redactada en un lenguaje tan técnico que en su primera vida Elena simplemente no había llegado a leer hasta ahí.
Esa cláusula establecía que la gestión de la empresa y la gestión del patrimonio personal de Elena, incluyendo seguros, fondos y activos a su nombre, pasaría a ser responsabilidad compartida con su cónyuge a partir de la fecha de matrimonio.
Elena cerró el documento, levantó la vista hacia Justina DeLuca, que la miraba con una sonrisa tranquila segura de que Elena no había entendido nada de lo que acababa de leer.
«Si en mi vida pasada me llamaron manipuladora…», pensó Elena, sintiendo como todo dentro de ella comenzaba a hervir, «… En esta vida, van a saber lo que es manipular de verdad»
— ¿Tienes alguna pregunta sobre los términos, Elena? — Preguntó Justina, con una cortesía fingida.
Elena abrió la boca como si fuera a responder y justo en ese instante dejó caer la copa.
El cristal se volcó sobre el blanco mantel como si fuera un accidente, el agua se derramó y Elena se llevó una mano a la frente, parpadeando más veces de lo necesario.
Luego, Elena dejó que su cuerpo se inclinara hacia un lado con una lentitud convincente, como alguien que intenta mantenerse erguido, pero que no puede controlar su cuerpo.
— ¡Elena! — Raúl se levantó de golpe, alarmado.
— Estoy… — Elena dejó la frase incompleta, otro parpadeo, los ojos perdiéndose un momento hacia arriba. — Perdón, yo… No sé qué…
Adrián se levantó, al tiempo que Justina extendió una mano para recoger los papeles con un reflejo automático de proteger los documentos antes que a las personas.
Elena dejó que su cuerpo cayera, despacio y con gracia, hacia el espaldar de la silla, con sus manos cayendo a los costados, flácidas y la cabeza inclinándose apenas hacia atrás mientras los ojos se le cerraban.
Todo perfectamente calculado, perfectamente ejecutado y sobre todo perfectamente manipulado.
¿Su padre firmaría eso? Está vez, en esta vida, Elena no pensaba permitirlo, Raúl no entregaría nada, porque antes Elena iba a cambiarlo todo.
El restaurante se movió alrededor de Elena en una confusión de voces y sillas que se apartaban.
Y Elena, se mantuvo con los ojos cerrados simulando haber perdido el conocimiento y sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido al control.
…
Llegaron a la clínica, Raúl no se había separado de ella desde que llegaron.
Lo que le dolía a Elena de su actuación de desmayo para acabar con la cena, es que su padre sonaba muy asustado y angustiado.
Luego de varios minutos, Elena estaba en una de las salas de evaluación, recostada en la camilla con una bata de hospital, cuando él llegó.
Leandro Montclair.
El mismo médico que Elena se encontró en su vida pasada, el mismo que casi la atropellaba, el mismo que estudió con ella, el mismo que la llamó: “La persona más luminosa del Colegio” estaba una vez más frente a ella.
¿Era una coincidencia o era que el destino una vez más se estaba burlándo de ella?