Elena miraba por la ventana de su antigua habitación, las gotas de agua resbalaban por el cristal mientras la muchacha que Raúl había contratado para ayudarla a vestirse, le acomodaba el último botón del corsé con manos expertas y silenciosas.
La mañana de la boda había amanecido con lluvia, tal como en su vida pasada el día de su primera boda.
Elena lo recordaba todo perfectamente, ese nerviosismo en el estómago que en ese entonces interpretó como la emoción de casarse con el hombre perfecto