La abogada Carmen Ríos puso el contrato sobre el escritorio y levantó la mirada hacia Elena, mostrando una minúscula sonrisa llena de satisfacción con un toque de malicia.
— Está listo… — Confirmó Carmen. — Cada cláusula está donde debe estar y redactada de manera que un lector apresurado no la identifique como protección suya… — Hizo una pausa. — Ni un abogado medianamente distraído tampoco.
Elena tomó el documento y lo revisó despacio, página por página, con la atención que había aprendido