SAMIRA
Caine se inclinó sobre mí, besando la esquina de cada uno de mis ojos.
—¿Es este el llanto feo del que me hablabas? —Agarrando su camisa, la lancé a mi rostro. Él se rió, sujetando mis muñecas y obligando mis brazos hacia abajo—. No te escondas.
—¡Literalmente me acabas de llamar fea!
—No, en absoluto. Iba a decir que si este es tu llanto feo, entonces no está tan mal. No entiendo por qué actuaste como si el mío fuera tan impresionante. —Sonrió con malicia—. ¿O necesito hacerte llorar má