Asher entró en la mazmorra la tercera noche con su arrogancia de siempre, pero hasta él sintió que era forzada. Su cuerpo recordaba cada golpe, cada embestida, cada orgasmo denegado de las noches anteriores. El culo todavía le dolía, su piel lucía ligeros moretones y, lo peor de todo, su verga se puso dura en el segundo en que vio a Ronan esperándolo.
Ronan estaba de pie en el centro de la habitación como un rey, con los brazos cruzados sobre su pecho amplio y tatuado. Sus ojos gris acero se cla