Al cuerpo de Asher le dolía de una forma que jamás había experimentado. Cada movimiento le enviaba punzadas de advertencia a través del culo y de los verdugones que le cruzaban la espalda. Sin embargo, cuando entró en la mazmorra de Ronan la noche siguiente, su verga ya estaba medio erecta con una vergonzosa anticipación.
Ronan lo esperaba, sin camisa e imponente; los tatuajes de su pecho parecían moverse bajo la luz tenue.
—De rodillas. La frente al suelo.
Asher vaciló solo un segundo antes de