(Hellen narrando)
Volví a mi apartamento con la cabeza en llamas. Las palabras de Sérgio aún resonaban en mí, el calor de su mano en mi brazo, la mirada cargada de algo que yo ya no quería descifrar. Todo giraba dentro de mí como si fuera una tormenta que no lograba apaciguar.
El sonido del celular me arrancó del trance. Era Anya. Atendí y, antes siquiera de decir “hola”, ella ya descargaba su furia:
—¿Qué te dijo ese maldito cerdo machista, amiga?
Suspiré, cansada.
—Vaya, cuánta gente chismosa