Samantha tenía los ojos llenos de lágrimas, mirando a Nicolás con expresión lastimosa. Cualquier hombre que la viera se habría compadecido.
Pero Nicolás parecía estar de muy buen humor. Había presenciado todo y de repente curvó los labios delgados sonriendo perezosamente: —Sabías que no era buena idea provocarla y aun así la provocaste. Si no te golpea a ti, ¿a quién más?
Samantha suspiró resignada. ¿Quería escuchar lo que estaba diciendo?
Sin consuelo, sin lástima, sin regañar a Daniela, ¡inclu