Nadia miró a Héctor.
—¡Héctor, te amo!
Héctor la estrechó entre sus brazos, abrazándola con tanta fuerza como si quisiera fundirla con su propio ser.
Resultaba que ella también lo amaba. Se amaban mutuamente.
Con el pecho rebosante de felicidad, Héctor pidió inseguro:
—Nadia, dilo otra vez. Dime otra vez que me amas.
Nadia, llorando de alegría, exclamó:
—¡Héctor, te amo! Te amé antes, te amo ahora, te amaré en el futuro. ¡Te amaré profunda y eternamente!
Nadia rodeó el cuello de Héctor y volvió