¿Cuánto dolor habría sentido?
Mateo colocó suavemente su mano sobre el moretón, admitiendo que sentía una creciente ternura hacia ella.
Inclinándose cerca de su oído, con voz ronca y adormilada, susurró: —Te lastimé mucho. Lo siento.
Le estaba pidiendo perdón, bajito.
Pero ella no respondió, seguía dormida; su respiración era suave y cada hebra de su cabello parecía emanar una dulce fragancia.
La garganta de Mateo ardía; evitaba mirar su joven y tentador cuerpo, pero no pudo contenerse de inclin