Diego soltó su muñeca al instante, retrocediendo dos pasos para crear distancia.
Daniela sintió un calorcillo en la nariz. Se tocó y sus dedos se llenaron de sangre.
—¡Ay, estoy sangrando! —exclamó Daniela, asustada.
Diego la miró; se había hecho una herida en la nariz.
Sacó dos pañuelos de papel y se los ofreció. —Levántate la cabeza, ya se te pasará.
Daniela tomó los pañuelos y levantó la cabeza. —¿Por qué me sangra la nariz?
Diego no respondió. Abrió la puerta y salió.
El viento frío la azotó