Mateo se sobresaltó, Valentina yacía debajo de él, con su largo cabello negro esparcido sobre las sábanas que, por cierto, habían sido seleccionadas por la abuela para la habitación matrimonial. El contraste hacía resaltar su piel de manera seductora.
La sola idea de imaginarla así, tendida bajo otro hombre... Lo hizo apretar el puño. Quería explicarle que en realidad le había enviado medicinas, no hombres. Pero las palabras se le atoraron en la garganta.
—Quítate —dijo Valentina, mirándolo.