Leandro tenía los ojos cerrados y el ceño profundamente fruncido, agotado hasta el límite.
—Ya no digan más —dijo, con la voz ronca y sin fuerzas—. Hoy la culpa fue mía. Ustedes me convencieron de llevar esa foto recortada y falsa a la fiesta, y armé un escándalo que avergonzó a toda la familia. Mi padre me regañó, y me lo merecía.
Esas palabras encendieron por completo la furia de Joana.
Ella giró de golpe y lo encaró con la mirada, explotando sin control.
—¿Armar el escándalo? Leandro, ¿ahora