Había estado perdiendo toda la noche; su mala racha se reflejaba en la tensión de su cara.
Mientras Luciana miraba sus cartas, revisaba un frutero con varias frutas frescas de temporada. Con sus dedos tomó una uva morada y grande, la peló y acercó la jugosa pulpa a los labios de Mateo.
Sin apartar la vista de sus cartas, abrió la boca para comer la uva que le ofrecía.
Ella se acurrucó contra él como un pajarito y extendió su palma para recibir la semilla que él escupió.
Era como una esposa mimos