Las largas pestañas de Daniela temblaron ligeramente.
—¿Qué término?
—¿No lo sabes? ¿O te haces la que no sabe? —preguntó Nicolás.
El corazón de Daniela dio un vuelco, ya sabía cuál era ese término. Su pequeño rostro del tamaño de la palma de una mano se puso completamente rojo mientras intentaba levantarse.
—¡Profesor Duque, suélteme!
La piel de Daniela era blanca con un toque rosado, extremadamente delicada. Ahora que se había sonrojado, la fina pelusa sobre su rostro se veía aún más cristalina y transparente, provocando que uno quisiera no solo darle un beso, sino morderla con fuerza.
Nicolás apretó sus fuertes brazos alrededor de ella, sin importar cuánto luchara, no la soltaría. La mantuvo firmemente abrazada contra su pecho mientras sonreía con sus labios delgados.
—Daniela, el maestro te está haciendo una pregunta y no respondes. ¿No crees que es muy descortés de tu parte?
Daniela arqueó las cejas.
—Profesor Duque, usted como maestro tiene a una estudiante abrazada así. ¿No cree