La invitación a la gala llegó en una cartulina de color crema, con letras doradas en relieve que anunciaban la cena benéfica anual de la Fundación Carrasco, y Luna la sostuvo en ambas manos durante un largo momento antes de permitirse sonreír: no la sonrisa ensayada y calibrada que llevaba para las cámaras, sino algo privado y hambriento, la sonrisa de una mujer a la que le acababan de entregar exactamente el escenario que había estado esperando.
Había pasado las dos semanas posteriores a aquel