El auto se alejó del tribunal en silencio. Celeste miraba por la ventana los húmedos escalones de mármol que se alejaban detrás de ellos, con las manos apretadas tan fuertemente sobre el regazo que los nudillos se le habían puesto pálidos antes de darse cuenta y obligarse a relajarlos. Alejandro no intentó tocarla. Había aprendido, en estas últimas semanas, cuándo un gesto ayudaba y cuándo solo invadía un dolor que necesitaba espacio para respirar por sí mismo; así que permaneció sentado con un