Luna había ensayado la caída en su mente una docena de veces antes de permitir que sus rodillas se doblaran realmente, repasándola de la misma manera que una bailarina repasa una coreografía: el ángulo preciso del colapso, el tono exacto del sonido que tendría que hacer, lo suficientemente alto para ser creíble, lo suficientemente controlado para no lastimarse en el proceso. Había aprendido, a lo largo de cinco años de actuación cuidadosa, que la diferencia entre una crisis convincente y una ev