Pamela llegó a la oficina de Celeste antes de las siete a la mañana siguiente, con un montón impreso de registros de acceso de carné sujetado bajo un brazo y una expresión que sugería que no había dormido mucho mejor que Celeste. No esperó una invitación antes de dejarse caer en la silla frente al escritorio, desplegando las páginas con la ágil y metódica eficiencia de una mujer que se había pasado la noche cotejando marcas de tiempo hasta que se le nubló la vista.
—Encontré algo —dijo, sin rod