Miguel había conducido hasta la casa esa noche sin un plan en particular, más allá de la vaga y mecida necesidad de estar en cualquier otro lugar que no fuera su propia oficina, donde el impacto del escándalo de sabotaje había convertido cada llamada telefónica en una acusación y la voz de cada miembro de la junta en un nuevo recordatorio de cuán profundamente se había arrastrado el nombre de su familia por el barro. Solamente pretendía recoger unos cuantos archivos de su despacho, evitar a Lun