La invitación había llegado en forma de una tarjeta hecha a mano, entregada por la mismísima María con la solemne ceremonia de un decreto real: la pega con escarcha aún ligeramente pegajosa en algunos puntos, seis velas torcidas dibujadas en la parte superior con marcador y, debajo de eso, en una caligrafía cuidadosa y esforzada que claramente había requerido una concentración considerable: *TIENES QUE VENIR. ES UNA REGLA.*
—Una regla —había dicho Celeste, girando la tarjeta entre sus manos fre