El tintineo metálico de las esposas resonó en la suite del hospital como una bofetada de realidad. Los dos agentes federales avanzaron con pasos implacables hacia Helena, ignorando por completo la atmósfera de shock que asfixiaba la habitación.
Sus rostros duros no mostraban un solo rastro de duda, venían a cumplir una orden y no les importaba el drama humano que se desarrollaba ante ellos.
— ¡Atrás! — rugió Alexander, interponiéndose de golpe entre los oficiales y Helena.
A pesar de su estado